«Estuve hace años viajando en grupo por el Pirineo de Huesca. Caímos, la hueste de escritores locos y pintoras delirantes, en el castillo de Loarre, que está enclavado en la roca viva. Vivimos allí una mañana eléctrica de tormenta primaveral y ruinas incendiadas. No había vuelto a Loarre y recordaba aquello como fuera del tiempo y al margen de mi vida».
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